La casa de papel

Serie propuesta por Sara P.
(Podéis hacernos llegar más peticiones vía mail, comentario, youtube o twitter) 

Capítulo 1


Me llamo Tokio, pero cuando comenzó esta historia no me llamaba así. Esta era yo y este el amor de mi vida. La última vez que lo vi lo dejé en un charco de sangre con los ojos abiertos. Hicimos 15 atracos limpios pero mezclar amor y trabajo nunca funciona. Así que cuando el segurata disparó tuve que cambiar de profesión, de ladrona a asesina... Y así fue como empecé a huir, de alguna manera yo también estaba muerta o casi muerta. Llevaba 11 días escondida y mi foto empapelaba las comisarias de toda España, me caerían 30 años y, la verdad, yo no soy de llegar a viejecita en la celda de un penal. Soy más bien de huir, en cuerpo y alma. Y si no puedo llevar mi cuerpo al menos que escape mi alma. No me quedaba tiempo y había cosas importantes que hacer, en realidad solo una...

Y ese día, el día que iba al matadero apareció mi ángel de la guarda. Pero una nunca sabe a ciencia cierta como es un ángel de la guarda... Y lo que menos te puedes imaginar es que aparezca en un seat ibiza del 92. Por un momento pensé en los chinos y en que odio a la gente que escupe.
Y así conocí al profesor, apuntándole con una pistola en las pelotas. Lo bueno de las relaciones es que uno termina olvidándose de como empezaron.
Nadie había dado un palo así, ni en Nueva York, ni en Londres, ni en Montecarlo. Así que si mi foto volvía a los periódicos al menos que fuera por el atraco más grande de la historia.

Era evidente que en la banda faltaban mujeres. Una mujer puede tirarse dos días eligiendo zapatos para una boda, pero jamás emplearía un minuto en elegir caretas para un atraco. Todo lo que habíamos planeado empezaba ahora, y en esas décimas de segundo pensé en todo la gente inocente a la que detendríamos en seco su vida.

El profesor sabía que sólo había una manera de entrar en la fábrica de moneda y timbre con tres toneladas de artefactos y arsenal. Y era hacerlo dentro del camión que entraba cada semana en el edificio con las nuevas bovinas de papel moneda listas para imprimir. Y eso era lo que íbamos a hacer, entrar hasta la cocina y escoltados por la mismísima policía nacional. En España, cualquier cosa custodiada por dos zetas es algo fuertemente protegido, pero si inhibes cualquier posibilidad que se comuniquen por radiotelefonía y si apuntas a unos chavales de 26 años con cinco fusiles de asalto a la cabeza, por más armados que vayan, les ocurre lo mismo que nos pasaría a cualquiera de nosotros... Que se cagan de miedo. El valor y el heroísmo tienen un precio y es mayor que los 1600 euros al mes que cobra un chaval con uniforme o un camionero. Si esos hombres hubieran tenido a su hija en la trasera del camión nunca hubieran abierto pero, ¿a quién le importan unas bovinas de papel moneda con marca de agua?

Y en mitad de aquel caos con pistolas recordé que la noche anterior me habían pedido matrimonio, y que hubiera preferido otros planes. Pero si lo piensas, nunca encuentras un buen día para un atraco.

A los 20 minutos de entrar comenzamos a cablear el sistema de comunicación analógica para hablar con el profesor. Sin móviles, sin radiofrecuencia, sin que nadie pudiera oírnos... Habíamos sellado las puertas y las alarmas no habían saltado, y estábamos como en un limbo del tiempo sin que nadie supiera que habíamos tomado la fábrica de moneda y timbre. Y en esa dulce paz antes de la tormenta parecía sencillamente un día corriente.

Salir, tirar el dinero, disparar al suelo a bocajarro y volver. Lo había escuchado más de 30 veces, pero lo que no nos dijo el profesor es que ellos también dispararían a bocajarro...
La bala de un m16 sale disparada a 3.510km por hora, cuela más rápido que la velocidad del sonido. Así que si te disparan al corazón ni siquiera oirás la bala que te ha matado. De esa manera supe que lo había jodido todo, en una milésima de segundo... y de la misma forma que siempre.

Y así fue como las fuerzas de seguridad del estado hicieron exactamente lo que el profesor nos había dicho que harían. Sólo que aquella tarde cuando lo dijo estábamos en el campo y no teníamos la sensación de que nos iban a meter un tiro en la sien.

Y así fue como ganamos nuestra primera batalla en nuestra primera noche, sin entrar en combate y por sentido común. Y 20 minutos después empezamos a hacer lo que habíamos venido a hacer, ¡el trabajo mejor pagado de la historia! 2.400 millones de euros, tal vez más, todo dependía del tiempo que pudiéramos aguantar dentro.

Capítulo 2


Si he empezado contando la historia de un secuestro es porque todos recordarán aquellos días de asedio en la fábrica nacional de moneda y timbre. Las calles del centro de Madrid se cerrarán, se emitieron programas en directo 24 horas, la policía quemó sus manuales de la academia y se quedó sin saber como tomarse el brindis al sol de aquellos desgraciados intentando imprimir su propio dinero. Pero en realidad, pasaron muchas otras cosas que nadie recuerda, cosas que nos cambiaron a todos hasta el punto de no saber quienes eran los malos y quienes los buenos.

En realidad el tiempo lo estábamos ganando nosotros. Nunca se aplicó mejor la frase de que el tiempo es dinero, ¡y que de dinero! Cada hora imprimíamos 8 millones de euros, 1.400 planchas de papel moneda de las que cortábamos 140.000 billetes de 50 euros. Todo estaba tan plácido a esas horas del amanecer que parecía que el plan iba sobre ruedas. El profesor era nuestro gran hermano, controlaba la radio de la policía y 18 cámaras, así que si alguien quería jodernos lo sabríamos con la suficiente antelación.

Hacíamos turnos para vigilar a los rehenes, los accesos y, por supuesto, la producción. A solo 20 horas de estar allí las rotativas ya habían escupido 52 millones de euros, así que a esas horas todos pensábamos que era posible. Pero toda esa paz solo era la calma chicha que precede a la tormenta. Las cosas se iban a joder tanto que nos íbamos a quedar muy cerca de perder la partida, y si me preguntan por qué diré que por una simple historia de amor. Al fin y al cabo el amor es una buena razón para que todas las cosas fallen.

Ese teléfono que para Arturo parecía la salvación estaba en realidad manchado de muerte. Y lo que ellos no hicieron por cobardía lo haría la más inocente con esa fatalidad que da el amor, sellando su destino para el resto de sus días.

Aquella no era la primera vez que Berlín metía las manos en las braguitas de una mujer honrada, pero si que iba a ser la primera vez que las sacara tan pronto. A lo mejor Monica hubiera preferido que se dejara llevar por su instinto y se olvidara del teléfono que había sonado entre sus piernas, pero no fue así... Porque incluso Berlín sabía diferenciar el placer del deber. Puedes intuirlo, sospecharlo, pero en una fracción de segundo te das cuenta de repente de que las cosas no cuadran, de que Río me seguía queriendo. No me había dejado porque sí. Lo notaba tan fuerte que traspasaba las paredes, tan fuerte como el amor que siempre termino sintiendo por todos los hombres que me cuidan. Ya sean narcotraficantes, tarados o niños. Y lo sentía igual que el primer día que lo estreché entre mis brazos, los dos tirados entre las piedras de un campo de Toledo.
Y por primera vez me dí cuenta de que siempre había fallado una cosa en todas mis historias de amor, siempre me habían cuidado a mi. Pero esta vez iba a ser distinto.

Ni siquiera oía lo que gritaba, solo quería escribir una puñetera carta de amor. Mientras los fusiles y las miradas me apuntaban cayó la realidad como un bloque de cemento y supe que los cinco meses en los que había creído en algo habían terminado.

Capítulo 3


Oculto tras una voz metálica con sus cámaras y su estrategia negociando un atraco el profesor se sentía como pez en el agua. Con el resto de cosas de la vida era un auténtico alienigena, tan diferentes ambos como Clark Kent y Superman. A lo mejor era porque había pasado su infancia y su juventud postrado en una cama del hospital San Juan de Dios de San Sebastián, hablando tan solo con enfermeras veteranas y leyendo libros. No era un tipo ni muy normal ni muy social y mucho menos un seductor, así que a mi me encantaba ponerlo nervioso.

El ladrón es por definición un optimista impenitente, siempre cree que todo va a salir bien. Pero el primero en caerse del guindo fue Moscú. Era uno de esos hombres que van de frente, que te dan confianza, te cuidan y te cuentan chistes malos. A mi me daba ternura.
Esa tarde Moscú me contó como había arrastrado a su hijo hasta aquella demencia de atraco.

Tirado en aquel suelo lleno de sangre Moscú supo que no habría caipirinhas ni ningún país que no supieran pronunciar. Que no había llevado allí a Denver para salvarlo de nada sino para hundirlo en un agujero del que solo saldría preso o con un tiro en el pecho.

Los disparos de Denver habían quebrado el frágil de los rehenes. La profesora había comprendido que estaban en un secuestro que dejaba muertos en el arcén. Y por muchos esfuerzos que hiciera Nairobi para animar la sombría atmósfera el miedo caía por su propio peso. Y entre todos ellos un hombre callado rumiaba su culpa, sospechando que los disparos habían sido contra su amante embarazada.

Capítulo 4


Dicen que cuando estamos a las puertas de la muerte por fin somos capaces de ver nuestra vida clara. Y Arturo Roman desangrándose en una mesa esperaba precisamente eso, la clarividencia de la muerte y averiguar de una vez quién había sido el amor de su vida. Laura, la mujer con la que había compartido 14 años en santo matrimonio o Monica, su secretaria y amante con la que había vuelto a sentir la juventud. Por desgracia la única certeza que tuvo Arturo en ese momento fue que si no le sacaban la bala iba a palmar antes de resolver el enigma. Y francamente, nuestros cursos de primeros auxilios no garantizaban la vida a nadie.

Y así, jugando a los médicos descubrí que Nairobi era mucho más interesante de lo que parecía. Y aunque nadie sabia nada de nadie lo que nunca sospeché es que Nairobi tuviera un hijo o una hija, y eso era lo que parecía indicar la cicatriz de su cesárea. Y ahí empezó nuestra amistad...

Denver no tenía tiempo para diagnósticos, Monica se estaba desangrando... Y si no robaba pronto los bisturís, haberle perdonado la vida no habría servido de nada.

Aquella operación estaba programada y tenía que durar exactamente los 25 minutos que había ordenado la inspectora. Esa cuenta atrás dejaría dos policías con caretas de Dalí en el interior de la fábrica o, si salía mal, dos cadáveres en los conductos de ventilación.

El subinspector Ángel supo en una milésima de segundo que habían perdido otra batalla. Esas caretas siniestras significaban que iban a echar a dos hombres a los leones. También, que el tipo que había ideado aquel atraco tenía más inteligencia y más imaginación que la policía, el CNI y la unidad de intervención. Y cuando se te adelantan así toca correr.

Y entonces pasó algo inesperado. Nairobi puso todo su empeño y meticulosidad al servicio del bien común. En lugar de delatarlos ayudó a Denver y a Moscú a salvar la vida de Monica, al menos su pierna. Ella si que no había venido a matar a nadie y, como os dije antes, no estaba dispuesta a que nada jodiera el plan del profesor

Capítulo 5


¿No han pensado nunca que si pudieran volver atrás en el tiempo a lo mejor no tomarían las mismas decisiones? Mírenme a mi. Si el día que el profesor me encontró hubiera pasado de él y hubiera ido a ver a mi madre ahora posiblemente les estaría contando esta historia desde un penal y no desde donde lo hago. Y es que todos hacemos nuestras propias bolas de nieve con nuestras malas decisiones. Bolas que se van haciendo gigantes, como la roca de Indiana Jones, y va persiguiéndote por la pendiente para aplastarte. A Berlín tampoco le importaba una mierda su bola de nieve por grande que fuera. Tenía claro que pasara lo que pasara él no iba a ir a la cárcel. Y Alison Parker, aquella mosquita muerta también había tomado una mala decisión. No ir a la audición de ballet que tenía en la escuela de Marta Graham por ir de excursión con Pablito, un puto gilipollas.

Todas las decisiones que tomamos en el pasado nos llevan inexorablemente hacia el futuro. De eso se iba a dar cuenta Río en cuanto encendiera la única televisión que habíamos dejado en la fábrica, por si en algún momento perdíamos comunicación con el profesor.

Pero también había dicho que quería un atraco blanco, sin sangre, sin violencia... Que solo con inteligencia podíamos perpetrar el robo del siglo. A veces la inteligencia no es suficiente para parar la bola de nieve que viene a por ti y entonces hay que correr. Y correr, y correr... Pero me he adelantado, les estoy contando algo que aun no había sucedido.

La inspectora había llevado la partida a un jaque mate casi seguro pero incluso en aquel momento de total desesperación el profesor se había guardado una bola extra que empezaba a sonar en todas las radios. El profesor me había ordenado filtrar la conversación con la inspectora, una conversación que dejaba en muy mal lugar al gobierno español y a ella misma. Tal vez porque Berlín le había llamado blando y había decidido dar un golpe en la mesa y castigar a todos los que iban contra él. O simplemente porque aquella filtración volvía a presentarnos como unos héroes a ojos de la opinión publica. Pero Raquel era un sabueso y había agarrado un rastro y no lo iba a soltar porque ese rastro era del cerebro de la operación, el mismísimo profesor.
El profesor se había convertido en un despojo humano para huir, pero faltaba un plus de interpretación para salir del jaque mate... y entonces lo hizo.

Capítulo 6


Aquel domingo Raquel Murillo se quedó a escasos segundos de ver la cara del profesor. Y esa imagen era una de las que faltaba para completar el puzzle de los secuestradores y entrar en la fase final del caso. Ya tenían la de Río, la mía y estaba a punto de tener la de Berlín. El profesor había previsto que Raquel consiguiera todas aquellas fotos, como una baraja que él iba soltando poco a poco para que la inspectora se entretuviera jugando a los cromos. Su imagen era la única que jamás debía encontrar, pero ya no era tan anónimo, ni desconocido... Su imagen iba a empezar a dibujarse como un holograma en los protocolos policiales. El cabo suelto lo había puesto en altísimo riesgo, y ahora, si la inspectora jugaba bien sus cartas y conseguía la cara del profesor el juego habría acabado. El jaque mate sería irreversible.

La imagen del profesor era tan anónima como un puzzle de 1.000 piezas sin encajar, pero un testigo iba a juntar todas esas piezas. Y Raquel, que nunca había creído en los retratos robot iba a tener la llave de toda la operación.

Aquellas palabras lanzaron al profesor a hacer algo que jamás se había imaginado, buscar a la policía para salvar su pellejo...


Capítulo 7


En ese momento Río se quedó paralizado, así le llamaba su madre de niño cuando se pasaba las tardes de verano corriendo. Decía que iba a ser campeón olímpico, pero cambió el deporte por las consolas. Y los planes al aire libre por el riesgo de acabar en un penal.

De uno en uno. Así iban a pasar todos los rehenes por delante de la inspectora, como pasan los niños a ver a los reyes magos en un centro comercial. 

En aquel silencio la inspectora Murillo pudo escuchar las máquinas a pleno rendimiento haciendo billetes. Y se dio cuenta de que la habíamos engañado, de que los disparos habían sido fingidos y de que su visita al museo sólo había servido para regalarnos dos horas en las que había estado en fuera de juego. Y nosotros habíamos ganado 16 millones de euros más. Tenía razón el profesor, en este atraco el puñetero tiempo era oro.
Parecía fácil. A lo mejor con otro inspector al mando, pero Raquel era una mujer en un mundo de hombres, una madre soltera en mitad del divorcio, una tipa que había aguantado el maltrato de su marido. Y allí, frente a Berlín, se sentía cómoda. Como una maestra frente a sus alumnos rebeldes, y no iba a quedarse de brazos cruzados viendo como le tomaba el pelo.

Para Ariadna, entregarse al secuestrador al mando era la manera más certera de salvar su vida. Lo que no sabía es que todavía no corria peligro y que aquello era tan desesperado como el intento de fuga de la mosquita muerta de Alison. Tuvo los santos ovarios de intentar escaparse de Nairobi. Tal vez eso es lo que da la desesperación... ovarios. Y la determinación absoluta de agarrarse a la vida como dos perras furiosas.

Y como ocurre en el ajedrez hay ocasiones en las que para ganar tienes que sacrificar una de tus piezas, en este caso una de las más valiosas, nuestro caballo de troya. El profesor había puesto a Ángel en una jodida situación al visitar aquella farmacia. Una situación que lo iba a bajar a los infiernos. 
Y así fue como ocurrió. Con gran dolor de su corazón, cuando el bueno de Angelito metió sus narices en el hangar, el profesor decidió sacrificarlo...
Capítulo 8

¿Saben ese momento en el que atas cabos que no querías atar? Duele, ¿verdad? Estás ahí con tu compañero de siempre y piensas "que hijo de la gran puta" o "que cabrona". No quieres creerlo, pero sabes que hay un traidor y solo puedes ser tu o tu compañera. Y Ángel sabía que él no era... Raquel intentaba buscar una explicación a aquel robo, pero cuando las explicaciones no vienen solas siempre hay alguien dispuesto a darte un empujoncito. Ángel creía que nada podía ir a peor, pero si que podía, claro que podía... Cuando tocas fondo todavía te queda algo que rascar hacia el abismo. 

Ni siquiera había caído la noche del domingo cuando nos invadió un clima de euforia. Habíamos encontrado tierra y Nairobi tenía las rotativas en plena potencia, había superado los 400 millones de euros. Habíamos sellado las entradas con cargas explosivas y teníamos la sensación de estar en un bunker, eran nuestros 10 minutos de gloria. Sin duda fue el momento que más felices fuimos ahí dentro, entonces nos relajamos.

A pesar de su brillante interpretación Río supo en todo momento que quería aceptar el trato, parar el tiempo y salir de allí como si nada de esto hubiera pasado.

¿Saben lo que significa daño colateral? Es un término acuñado durante la guerra de Vietnam por el ejercito americano, cuando no tenían pelotas para hablar directamente de asesinato de civiles. Pero a veces también se usa para quitarse la culpa de encima, como un boomerang. Y eso era lo que estaba a punto de pasarle al profesor...

Era de prever que la inspectora iba a querer entrar en el rinconcito secreto del profesor. Y por un puñado de euros es fácil arrendar un almacén roñoso y convertirlo en el decorado perfecto para la función. Querer creer o no era la parte que le tocaba poner a la inspectora.

Y mientras se acercaba nuestra primera derrota el cerebro de la operación estaba ausente, porque por muy brillante que fuera sólo tenía dos ojos y en ese momento eran todos para la inspectora.

Arturo, por fin, había tenido un gesto heroico y, en vez de escaparse solo, había decidido rescatar a su princesa. Pero le salió el tiro por la culata, porque las princesas también tienen su vida y sus secretos. Siempre hemos oído historias de maridos que descubren a sus esposas con el amante, pero cuando Arturo encontró al amante de su amante se le olvidó el plan de fuga, y sólo oía una palabra... venganza.

Capítulo 9


¿Saben que cuando hay un atasco tras un accidente no es por el accidente en sí? Es porque el resto de coches se para a mirar, no pueden evitarlo.... Porque en el fondo somos tan básicos como un mosquito que va hacia la luz, como cualquier insecto que trata de escapar si lo encierras. Y la inspectora Murillo tampoco era mucho más compleja a fin de cuentas, por eso estaba ahí, lavándose las axilas y sonriendo tontamente al espejo mientras su compañero se debatía entre la vida y la muerte.

El mundo podía desmoronarse mientras ella solo pensaba en nada, que es como te quedas cuando acabas de echar el polvo del siglo. Pero siempre hay algo que te devuelve a la realidad, y no suele hacerlo suavemente...

La mirada de Oslo nunca fue chispeante pero ahora era la mirada de todos nosotros, triste y ausente. La esperanza es como las fichas del dominó, cuando una cae acaban cayendo todas. Y los rehenes se dieron cuenta de que estábamos jodidos.

¿Cuántos golpes se pueden aguantar antes de caer a la lona? Si eres Raquel Murillo muchos. Pero hay algo malo en ser un buen encajador de golpes, que si los golpes no paran vas a acabar cayendo igual. Y cuando caigas, será como si todos esos golpes vinieran juntos. Murillo dejó de oír y pensar, simplemente caminó. Era un cuerpo vacío buscando que todo aquello terminase.

El profesor había construido su plan milimétricamente, cada movimiento de la policía, cada posible error de su banda, el comportamiento de los rehenes, cada variable, todo... Y entonces, cuando creía que tenía todo el control descubrió que no. Jamás se le había ocurrido pensar que para que todo el plan no se fuera por el retrete iba a tener que matar. Matar a la madre de la mujer de la que se estaba enamorando. Y claro, nadie está preparado para eso.

Existen 10.000 maneras de matar a una abuela pero el profesor no era ningún sicario, más bien era un ajedrecista al que le venía grande el mundo del crimen. Así que eligió la opción más limpia e inteligente, verter 2,5 miligramos de dioxina en el café de la abuela, esperar el fallo cardiaco que eso iba a provocarle y evaporarse.
3 cucharadas de azúcar y una de dioxina. En 15 minutos sobrevendría el fallo cardíaco. En 30 minutos Raquel encontraría el cuerpo de su madre. En 1 hora un juez asistido por un médico forense ordenaría el levantamiento del cadáver por infarto cardiovascular. Sin signos de violencia, con la edad de la víctima, con la puerta cerrada en el interior de su casa no habría autopsia y el profesor lo sabía. Limpio y sencillo.

Lo que había conseguido el profesor era dividir a los rehenes entre aquellos que iban a convertirse en nuestros socios y aquellos que aun podrían seguir complicandonos las cosas, o eso creíamos...

La vida del profesor giraba en torno a una única idea, resistencia. Su abuelo, que había resistido junto a los partisanos para vencer a los fascistas en Italia le había enseñado esa canción. Y luego él nos la enseñó a nosotros.

Capítulo 10


La inspectora comenzó a segregar adrenalina y cortisol, su ritmo y su presión sanguínea aumentaron al igual que una leona segundos antes de cazar a su gacela. Estaba excitada y sentía el aliento de su presa muy cerca.
Raquel no podía parar de hacerse preguntas. ¿Eran realmente aquellas pruebas un hilo del que tirar? ¿O de nuevo una vía muerta en la que atascarse? Y Raquel estaba en lo cierto porque el profesor había planeado minuciosamente llevar hasta Toledo a la policía. Por lo que habían dejado una fantástica escena del crimen digna de un oscar y llena de adn de gente que nada tenía que ver con el atraco. Con lo que no contaba el profesor era con volver y dejar las huellas de aquellos que la policía ya tenia identificados: Berlín, Río y yo. Y ya de paso desconcertarlos con unos boquerones y los papeles de la farmacia. Lo único que pretendía es llevar a Murillo a una vía muerta en la que perdería, al menos, 3 días.
3 días muy productivos para nosotros, porque dan para mucho cuando se imprimen billetes a 8 millones por hora. Sobretodo con la ayuda inestimable de los rehenes. Convertidos en cómplices y con la ilusión de recibir algún día por correo postal un millón de euros.
Algo no encajaba. Entre esas paredes no había nada que no supieran ya. Lo que el profesor había calculado que le llevaría 3 días, a la inspectora le llevó 50 minutos.

No lo juzguen, Helsinki hizo lo que tenía que hacer. Lo que hacen los soldados en la guerra, lo que hacemos con los animales cuando no queremos que sufran, sin odio. Como un acto de humanidad. Y yo también hice lo que tenía que hacer, no por odio, como un acto de humanidad. Al fin y al cabo, ¿qué hay más humano que intentar sobrevivir?

Descansa en paz Oslo. El más callado de la banda y el que peor suerte tuvo. Después la siguiente fui yo. Me lo gané a pulso. Berlín aprovechó el turno de descanso de mis compañeros para darme mi merecido, a todas luces, irreversible.

Y así fue como empezó todo, todo lo que sería el final del atraco, de los días de encierro, de mi amor con Río, de los sueños de todos, de mi libertad...

Capítulo 11


Lo peor que te puede pasar cuando diriges un atraco es: primero, que te detengan por dejar inconsciente al exmarido de la inspectora al mando. Segundo, que la policía te pida el dni y solo puedas darles uno falso. Tercero, que te tomen las huellas y si además coinciden con las que aparecieron en un coche patrullo que forma parte de la investigación peor. Cuarto, que te pidan tus pertenencias, sobretodo cuando estas son las llaves del hangar donde tienes montado el operativo y por donde se van a fugar los ladrones. Y un frasquito de veneno con el que ibas a matar a la madre de la inspectora hace unas horas. Quinto, que tus compañeros pierdan la cabeza.

"Matar a Berlín". Esa era la única frase que sonaba en mi cabeza, pero no había manera. Por más que pensaba no encontraba la forma de destrozarle la vida a Berlín sin llevarme por delante también la de Río, podía decir como íbamos a salir, donde estaba el hangar. Pero esas venganzas caían también sobre Río, mi pequeño Río. Y me acordé de todo lo que yo había luchado para que mi amor estuviera ahí dentro.

Nunca me había sentido tan perdida, ya no tenía nada. Sólo tenía que decidir si delatar a mis compañeros y buscar una mínima clemencia del juez por colaboración.
Los que hacemos cosas inconscientes, los que nos dan igual las consecuencias, no... Nos importan tanto como a los demás, es solo que no podemos verlas hasta que es demasiado tarde. Solo vemos esas consecuencias cuando están delante de nuestras narices. En el juicio, en la cárcel... y supe que la inspectora tenía razón, que no merecía la pena sacrificarse por un plan que ya había fracasado, por el plan del profesor. Y más pensando que él también me había engañado.

Capítulo 12


Si hiciéramos una foto de este momento podría ser mi último recuerdo de la fábrica nacional de moneda y timbre. Dentro dejaba un rosario de errores, una banda magullada y una única atracadora con agallas para tirar del carro, Nairobi. 

Yo diría que era el cabo suelto más gordo de la historia. El subinspector Ángel había descubierto al profesor, había aislado sus huellas y ahora estaba en coma esperando despertar para contarlo. El profesor vivía en tiempo de descuento y con él todos los demás.

Cuando pasas años pensando en algo obsesivamente, ese algo, es todo tu mundo. Un mundo perfecto, pero ahora el plan ya no era solo del profesor, era de todos. Y entre todos lo estábamos jodiendo... 
El profesor se sintió por una noche desarbolado y arrastrarse hasta los brazos de Raquel le pareció el mejor refugio, el único posible.

Aquella mañana fuimos trending topic mundial, la gente se quedó muda en las cafeterías y en los taxis. Eramos el puto equipo de Camerún jugando sin zapatos contra Brasil, y todo el mundo quería que ganáramos.

 Capítulo 13


Para que se te caiga la vida en pedazos da igual que estés en un baño, en un atraco o en la entrada de un penal. Ya ven, aquella tarde se nos iban a sincronizar las desgracias a 3 mujeres. Raquel comprendió de pronto que se había enamorado hasta las trancas del mayor atracador de España. Monica Gaztambide se dio cuenta de que acababa de convertirse en cómplice de los atracadores y que ya no habría marcha atrás. Y yo caminaba siguiendo las instrucciones que nos había dado en Toledo el profesor, pero sin certeza alguna, como anestesiada, como una botella que alguien ha arrojado al mar sin tener ni idea de si iban a recogerla al otro lado. 
Pues ahí iba yo, camino del juzgado con la esperanza de que mi ángel de la guarda supiera el itinerario que iba a seguir aquel furgón y me salvara la vida por segunda vez. Era complicado tener esperanzas en un furgón, presa y esposada. Pero habría sido peor saber que en ese mismo instante, a 20km de allí, mi ángel de la guarda acababa de ser descubierto. 

Había sido él desde el principio. Siempre amable. Siempre con una sonrisa. Siempre en el lugar adecuado. El único civil que había puesto un pie en la carpa. El desconocido que había logrado franquear una a una todas sus defensas, y no solo como policía.

Ya ven, finalmente a la tercera fue la vencida. Y en esta ocasión tenía algo mucho más grande que una sospecha, tenía rencor, tenía ira. Estaba envenenada. Helsinki sentía algo parecido pero no por un engaño sino por falta de sueño. Había dormido 4 horas en los últimos 5 días. ¿Saben qué le pasa a una persona cuando deja de dormir? Que sus conexiones neuronales se funden como un cortocircuito, deja de segregar dopamina, deja de metabolizar glucosa y la única información que queda en el cerebro es sobrevivir. Así que si hay algo que no le puedes pedir a un tío que lleva 5 días sin dormir es paciencia.

Todos estábamos agotados, por el sueño, el estrés o la angustia de llevar años cargando con un secreto que en aquel ambiente asfixiante era cada vez más difícil de guardar. Y todos, antes o después, perdimos los papeles menos Berlín. Él fue el único que cumplió a rajatabla el protocolo de descanso. Los demás estaban desquiciados.

Mi ángel de la guarda no me había abandonado y yo me sentía como en el tren de la bruja. En un túnel oscuro en el que no sabes por donde te va a llover un escobazo, pero que divertido. 
Ojalá todas las decisiones de este mundo fueran tan fáciles, ¿verdad?

Nunca en la vida me había sentido tan libre. Pero aquella vez el plan del profesor no iba a funcionar. No estaba, no estaba... Si lo había organizado todo, si había mandado salvarme ¿cómo era posible que no estuviera allí? Aquella tarde de octubre habían desplegado por mi fuga la operación jaula, les sonará de cuando había atentados. Consiste en que la policía corta de golpe todas las salidas de la ciudad, todo se colapsa y tu te quedas atrapado, solo puedes esconderte. Mi problema era que mi escondite era el hangar y quien me tenía que abrir era el profesor. Y la verdad es que nunca se me dio bien esperar.
Conducía frenéticamente hacia ninguna parte. Supe donde ir en una fracción de segundo, lo malo, es que era el punto más vigilado de toda la geografía española. ¿Han oído alguna vez eso de meterse en la boca del lobo? 

Capítulo 14


Nuestra primera consigna fue nada de nombres, nada de relaciones personales. El profesor había imaginado un atraco sin afectos, pero cuando lo vi ahí sonriéndome me dí cuenta que era lo más parecido a un padre que había tenido en toda mi vida.

La inspectora se encontraba al borde del abismo, haciendo equilibrios para no irse al hoyo definitivamente, pensando en lo ridiculo y absurdo de haver pasado de inspectora a sospechosa en un par de minutos. Y decidió hacer lo que tantas veces le había dicho su madre, correr detrás de los malos. Raquel había olido un rastro y a falta de un subinspector con quien llevar la investigación optó por otro tipo de ayuda. 

Capítulo 15


Hay momentos en la vida en los que habría que tener un puñetero mando a distancia para poder pararla aunque fuera solo 5 minutos. Pero a veces las cosas se suceden con una irreverente obstenidad y no se puede hacer nada por remediarlo. Por un lado, acababamos de enterrar a Moscú, por el otro, estabamos abriendo el camino de nuestra libertad...

No hay comentarios:

Publicar un comentario